TESAURO

CRONOLOGÍA

ARCHIVO F.X.

MÁQUINA P.H.

LA INTERNACIONAL

PEDRO G. ROMERO

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Roger Caillois

11 de mayo de 1931. La Virgen, tratada como un crucero de madera, es abandonada por los violentos. Una imagen de la Iglesia del Colegio las Maravillas, en Cuatro Caminos. Capilla de la Virgen de Lourdes. Madrid.

 

11 de mayo de 1934. La comparación entre la imagen de la mantis y la femme fatal contiene un plus de violencia. Imagen de la mantis en posición orante. La Mantis religiosa, de la biología al psicoanálisis. Minotauro, nº5. París.

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El caso es que ardió. Y menos mal que los verdaderos republicanos, conscientes de su misión de ciudadanía impecable, se dedicaron a guardar con admirable honradez objetos preciosos y dinero en cantidades grandes, y a proteger la salida de los atemorizados monjes. Obreros, muchachos de estudios y de oficios, guardias, modistillas, recogían objetos de culto y salvaban de la destrucción muchos enseres. Y a la hora del recuento no faltó absolutamente nada. Seguían los ejemplos maravillosos en un pueblo preparado para regirse a sí mismo.

 

Durante la Guerra, Caillois toma partido por la civilización frente a la barbarie nazi, oponiendo el ideal de Atenas (que subordina las virtudes militares a las civiles) al de Esparta (en el que los valores militares se constituyen en un fin por sí mismos). Defiende la verdadera democracia como una meritocracia que produce élites capaces de gobernar sabiamente la república, mientras que la democracia francesa de su época había aupado al poder a políticos como Léon Blum, incapaces de ofrecer resistencia al totalitarismo.

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Pero a las tres de la tarde, Madrid se ilumina con una nueva hoguera; está ardiendo el Colegio de Maravillas, que desde hace cuarenta años dirigían los Hermanos de las Escuelas Cristianas, dando enseñanza gratuita a 500 niños pobres. Una treintena de hombres desgreñados, sucios y feroces inicia el asalto: cede la puerta de hierro, caen efigies y cornisas; cruje el gimnasio en súbita hoguera. Lo que no desaparece por saqueo, es incendiado y destruido despiadadamente. Casi lo primero que cae es una imagen de la Virgen de Lourdes, que se venera en una especie de gruta. Después de que los alumnos consiguieron escapar, los Hermanos se deciden también a ponerse a salvo, no sin antes, haber pedido inútilmente el auxilio de centros oficiales. Salen vestidos de seglares, pero la gente los distingue por su palidez. Se oyen voces que azuzan los instintos sanguinarios, y ya la masa se dispone a lincharlos, cuando unos hombres con brazaletes rojos, los guardas cívicos, se abren paso entre ellos y los liberan de sus garras. Un grupo de maleantes los siguieron hasta la Casa de Socorro, enfurecidos por las palabras de un orador callejero que pedía la muerte de todos los frailes. Al poco tiempo, las cien ventanas del edificio eran ya otras tantas bocas por donde asomaban las llamas. Un estruendo formidable retiembla el espacio: son las techumbres que se desploman. Chispas y cenizas llenan el aire. Y el suntuoso Colegio se convierte en un montón de escombros. Con él se perdió numeroso material científico y un magnífico Museo de Mineralogía.

 

Santidad y Mancilla. Resulta de ahí que la santidad y la impureza, debidamente identificadas, aconsejan igualmente cierta prudencia y representan, frente al mundo de la vida diaria, los dos polos de un dominio temible. Por eso los designa a menudo un vocablo único incluso en las civilizaciones más avanzadas. La palabra griega , “mancha”, significa también “el sacrificio que borra la mancha”. El vocablo  “santo” significó al mismo tiempo, en época remota, según afirman los lexicógrafos, “manchado”. La distinción se hizo más tarde con ayuda de dos palabras simétricas: ’’ “puro” y ’ “maldito”, cuya composición transparente señala la ambigüedad del vocablo original. El griego , el latino expiare “expiar”, se interpretan etimológicamente como “hacer salir (de sí) al elemento sagrado que la mancha contraída había introducido”. La expiación es el acto que permite al criminal reanudar su actividad normal y ocupar de nuevo su puesto dentro de la comunidad profana, despojándose de su carácter sagrado, como observaba ya De Maistre. Es sabido que en Roma la palabra sacer designa, según la definición de Ernout-Meillet:”El que, o lo que, no puede ser tocado sin mancharse o sin manchar”. Si alguien comete un crimen contra la religión o el estado, el pueblo reunido lo arroja de su seno declarándole sacer. Desde ese momento, si el matarlo comporta siempre un riesgo místico, por lo menos quien le da muerte es inocente en lo que respecta al derecho humano y no se le condena por homicidio. Las civilizaciones más primitivas no distinguen en su lenguaje la prohibición causada por el respeto de la santidad y la que inspira el temor de contaminarse. La misma palabra evoca todas las potencias sobrenaturales de las que es preferible por cualquier motivo mantenerse alejado. El polinesio tapu, el malayo pamali, designan indistintamente todo lo que, bendito o maldito, se halla sustraído al uso común, lo que no es “libre”. Para los dakota de América del Norte, la palabra wakan se emplea indiferentemente para designar toda clase de cosas. Se sirven de ella para referirse tanto a la Biblia o a los misioneros, pero también a ese colmo de impureza que representa la mujer durante la menstruación.